Sin mirar para atrás
En Amritsar mis medios de transporte fueron motorickshaw y bici rickshaw.
En Beijing lo mismo.
Entre Gaya y Bodhgaya motorickshaw.
En Calcuta son los taxis los que la llevan...
Llegamos con mis amigos franceses a la estación Howrah de Calcuta, salimos y tomamos uno de los taxis de tarifa pública para evitar que nos estafaran una vez más. Subimos las mochilas, subimos nosotros y partimos.
Las calles alrededor de la estación están regadas de hoyos de tal profundidad y extensión que hacen que de las dos pistas disponibles sólo sea posible pasar por la mitad de una y la vereda.
Subimos al puente sobre el río Hugli. 4 pistas, dos por lado, congestión de hora peak. En India se maneja por la izquierda pero el conductor, conmigo de copiloto toma diestramente la pista derecha, enfrentando sin el menor atisbo de temor el intenso tráfico que viene del otro lado. Autos, taxis, buses y camiones se hacen a un lado frente a este chofer suicida que toca la bocina y conduce como si llevaramos una mujer dando a luz abordo. Yo en mi asiento me sujeto de la puerta, del tablero, instintivamente pateo el piso buscando los pedales para frenar...
Propongo a mis amigos en el asiento trasero de darle una propina de 20Rs al chofer si llegamos vivos. Llegamos al hotel. No fue difícil encontrarlo y doy gracias por eso.
Yo creía ya estar bastante curtido en esto del tráfico de las calles de Asia, pero este amigo fue capaz de hacerme sentir real miedo, como no había sentido en mucho tiempo.
Si bien estos 2 ó 3 días en Calcuta han sido puro taxi, bocinazo y ruido de motores, anoche me percaté de un detalle maravilloso:
Cada vez que un taxi se detiene, ya sea por la congestión o por un semáforo en rojo, corta el motor. Detiene el auto. Y el ruido y el humo disminuyen. El asunto es que anoche, volviendo del templo de Kali, el taxista llega a un rojo, se detiene, corta el motor, y el silencio se hizo en la ciudad. Por unos 5 segundos fue completo silencio alrededor, incluso se pudo escuchar los grillos cantando en el parque vecino. Pasados esos 5 segundos dieron el verde para los autos de enfrente y en un par de minutos para nosotros y todo era ruido de nuevo. Pero esos 5 segundos... me sentí transportado en el tiempo, lejos de los motores y las bocinas... fue maravilloso.
Pero todo lo bueno tiene que terminar y hoy regresé a la tensión de la relación típica con el taxista que trata de cobrarte más y hay que pelear a grito pelado para no ser trasquilado una vez más.
Mañana tomaré al aeropuerto el último (espero) taxi Indio en algún tiempo. De seguro tampoco tendrá espejos laterales. Casi ningún auto los usa en esta ciudad porque al manejar las distancias entre vehículos van entre los 5 y 6 centímetros y de todos modos, un taxista nunca mira para atrás.
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