La India no me quiere dejar ir
Ayer después de horas de estrés por fin pude obtener un ticket de embarque para un avión con destino Bangkok.
En la sala de embarque, la pantalla de computadora, similar a la de Nueva Delhi, mostraba las puertas para cada vuelo, y la mia era la No. 3. Estoy frente a la No. 1, camino un poco, llego a la No. 2, camino otro poco y se me acaba la sala de embarque. No hay puerta No. 3.
Cuento corto, me subo al avión sobrevendido, vuelo lleno. Somos 5 pasajeros en un avión de capacidad 140. ¿Ah?
Por los parlantes anuncian que el vuelo va a salir y que estaremos llegando a Gaya en una hora. A Gaya???!!!
Gaya es donde estuve la semana pasada, donde el Buda se iluminó, está en India, al Oeste, Bangkok del otro lado de la Bahía de Bengala, al Este. Las fuerzas del destino se oponen a mi partida de India...
Llegamos a Gaya y se subieron los otros 135 pasajeros. Avión lleno.
A mi lado una joven mujer de Singapur. Conversamos un rato, entre otros temas de algo de budismo. Saca una pequeña bolsa de plástico de su cartera y me la entrega. "Es para ti", me dice.
Resulta que cuando ella estaba meditando, bajo el árbol de Bania, el nieto del cual presenció la iluminación del Buda, una preciosa hoja cayó del árbol, junto a ella. Y me la regaló. Traté de rechazarla, pero no hubo caso.
Llegamos a Bangkok, el avión se detiene, se apaga la señal de cinturones de seguridad, mi vecina se pone de pie y desaparece sin siquiera decir chao. Plop.
Estoy ahora en Tailandia disfrutando de mis últimas horas en Asia.
Esta ciudad es como el paraíso del turismo gringo, y el turismo sexual se ve claramente en los rostros de treintones y cuarentones con cara de degenerados que pululan las calles...
Ahora voy a tomar desayuno.
El fin está cerca...
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